MUCHOS DÍAS FELICES

Gritos en un taxi


Y mucho más que las selvas tropicales
Plácenme los sombríos arrabales


Que encierran las vetustas capitales
Julián del Casal


 


Un sábado al atardecer salíamos de la Casa del Pueblo junto con Osvaldo Bossi, lugar donde dicta un taller literario. Yo había asistido con el fin de leer algunos poemas y dialogar con sus alumnos, a los que Osvaldo llama “los ángeles”. La avenida estaba tibia, aunque no cálida ni ardiente. Era noviembre. No había mucha gente por la avenida Entre Ríos. El aire se replegaba en sitios más alejados. No lo sé. Sólo sé que la ciudad se vino hacia a mí, de manera anónima, como si su presencia arreciara de pronto; y empecé a sentir una especie de vapor urbano: un fuego y una crepitación. Tuve que extrañar la ciudad, de modo paradójico, siendo que yo estaba allí, dentro de ella. Recordé a Rodolfo Edwards, de joven, que tanto la amaba. También recordé los cuadros de De Chirico. Todo se volvió espectral y quieto. Como esos personajes que ya no abundan, esos a los que García cantó en “A los jóvenes de ayer”, la ciudad se volvió un film, y me sentí fascinado como si estuviera ante una joya o un diamante. Pensé en seres perplejos, los que desconocen sus pasos, los que deben seguir; individuos despojados que no tienen otra cosa más que su vista y el paisaje que aparece delante de ellos; individuos que narran sus vidas a partir de las experiencias que la ciudad les concedió. Seres un poco solos en invierno. Y en verano. Pensé en Spinetta y en un par de versos que alucinan algo poderoso: “Plazas, árboles dormidos sin olor,/ gritos en un taxi, loco por Núñez”. Este año que está pasando creo haber adquirido un don o una cierta capacidad: idealizar las cosas a la manera de los poetas modernistas, que tenían como símbolo máximo a la figura del Cisne. En mi caso idealicé Buenos Aires, y sustituí el símbolo del Cisne por otros más modestos (el sol de noviembre aún no tan duro, el frío de junio, las miradas furtivas en el subte, la hora indecisa del viernes al atardecer), símbolos mínimos, parecidos a una amiga urbana, un poco fugaz y esencial. A pesar del descrédito que posee el verbo, en ocasiones no es malo idealizar. Posiblemente vuelve al mundo más benigno y habilita la posibilidad de una creencia, de que la felicidad es posible. Muchos amigos están aquí. La mayor parte de la vida la pasé en este lugar. Por algún motivo, negué -a la manera de San Pedro- más de una vez a esta ciudad. Muchas veces tuve que irme, por razones distintas (laborales, sentimentales, etc) y no tuve la debilidad nostálgica de extrañarla -esa suerte de anacronismo pintorequista. Pero por alguna otra razón, misteriosa, este año la he sentido como un ser querido del que no puedo prescindir. La ciudad destila algo que imagino comprender progresivamente, sin definir muy bien qué es. Se me volvió, a pesar del tiempo transcurrido, un vértigo y una electricidad. Una especie de amor clandestino. Siento que la poesía está en el aire como una mosca que quiere escapar de algo o de alguien.



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Carlos Battilana



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