MUCHOS DÍAS FELICES


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Bárbara Belloc

Muchos días felices:


 


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Mañanas y tardes enteras haciendo listas de palabras que empezaran con una letra, o rimas locas, o largas tiradas de versos improvisados, o payadas, con mi abuelo Roberto, un hombre de ojos grises, altísimo y delgado como una escultura de Giacometti. Yo tendría 3, 4, 5 años y no tenía límite, pero él en algún momento me decía: "basta por ahora, que estoy cansado, soy viejo" — y entonces advertía que mi abuelo era viejo y no me gustaba nada darme cuenta de eso, porque así se iba a morir antes que yo, y yo ¿qué iba a hacer sin él? Entonces, ritualmente, le contestaba: "vos no sos viejo, sos gordo".


 


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Largos, laxos días vividos íntegramente en el libre ejercicio de la imaginación.


 


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El instante en que, después de un vuelo en avión de 24 horas (con una sola escala breve), pisamos tierra, desembarcamos y salimos a la noche cálida y profusamente fragante de la selva tropical del otro lado del mundo. Todo desconocido, todo por delante, allí mismo: por primera vez, esa sensación. Esa emoción: primera, refrescante.


 


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Las tardes y las noches de un verano eterno, infinito, con un sol o una luna de fuego y el aire denso y silencioso detrás de los postigos entornados en nuestra casa, escuchando discos uno tras otro, leyendo, dibujando, jugando, besándonos, comiendo jamón crudo y tomando jerez. Nada más amado por mí, ni antes ni después.


 


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¡Cuando me regalaron mi primer perro! Yo: 6 años. Él: 3 meses. Mi cachorro de boxer, que me fue entregado envuelto en una bufanda escocesa.


 


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Las horas (sin interrupción) entregadas a la lectura. A esas lecturas "cautivantes, devoradoras". A esos libros perfectos: para ser leídos por mí, en ese tiempo preciso, en que podía (puedo) comprenderlos, sentirlos y disfrutarlos tanto como a la vida en sus mejores momentos. Aquellos libros que quedan en nosotros como los amigos verdaderos.


 


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En el mar. Bañándome, metiéndome en el mar, sin saber nadar: la alegría y el susto al mismo tiempo.


 


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Escuchando música con todo el cuerpo.


 


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En la casa de Juan, a mis veintipico casi treinta, en el parque, tirada en el pasto, viendo (literalmente) la red que une todo lo viviente, vibrando en esa visión y viniéndome los versos "que los pájaros me protejan (…)".


 


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Cada vez que me encontré con un animal salvaje.


 


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Los días en que vivo lo que no conozco, e improviso.


 





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