MUCHOS DÍAS FELICES


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Gonzalo Aguilar

No voy a ponerle una fecha. No voy a decir que fue el 12 de noviembre de 2010 ni un martes (¡un martes 13!). Simplemente sucedió. Fue, más que un día, un instante. Y un instante, se sabe, está fuera del tiempo. O adentro y afuera a la vez. Es la puerta diminuta que nos conduce a otra dimensión, a la cuarta dimensión, como le gustaba a Duchamp, o a la quinta, como se titulaba una serie que pasaban por canal 11. El instante nos arroja a un lugar en el que no es posible estar. Pero sólo imaginar que existe un lugar así ya nos hace felices y transforma el lugar en el que estamos. Es lo que pasa con algunos libros, con algunos cuadros, con algunas películas. O lo que me pasó cuando abrí la caja “El misterio de Clarice”. En un hobby que practico en mis ratos libres,  decidí intervenir una caja de habanos que había comprado en Massachusetts Avenue, Cambridge, a un dólar. La marca de los habanos era Cuesta-Rey. Fui a la plaza que está a la vuelta de casa, recogí arena y la usé para hacer un piso dentro de la caja. Sobre la arena coloqué una cucaracha de plástico sostenida con un alambre. La cucaracha la tomé de los cajones desordenados de juguetes y chirimbolos del cuarto de mis hijos, Goyo y Chano. Era un homenaje a Clarice Lispector, de quien venía de traducir La hora de la estrella y de prologar La pasión según G.H., y también a la cucaracha, que era la cifra revulsiva y seductora de su novela.


            La caja permaneció sobre la mesa del living y cada tanto la abría para mostrársela a un amigo o para cerciorarme de que todo estaba en orden (la tercera pierna de la que hablaba Clarice en La pasión según G.H.). Un día (ya dije que no recuerdo exactamente cuál) abrí la caja y encontré que la cucaracha estaba rodeada de moscas, también de plástico. Sin decirme nada, mi hijo menor Chano (tendría 6 o 7 años) había dejado su huella, había puesto algo en el mundo. Era un acto –cómo decirlo– de desobediencia amorosa. En silencio y furtivamente, estaba agregando algo en el mundo que ya no era el mío. No me había dicho nada, dejándome la libertad de descubrirlo y de interpretarlo: ¿Acompañamiento mosquífero para la cucaracha solitaria? ¿Asamblea de insectos juguetones cansados de lo humano? ¿Sartre asediando a Clarice? Nada de eso: es la intensidad de la alegría que nos dona un hijo.





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