MUCHOS DÍAS FELICES

Los tiempos que corren han dejado atrás el conocido el texto de Charles Baudelaire, «El pintor de la vida moderna» y el capítulo que le dedica a «Lo bello, la moda y la felicidad», donde observa que a pesar de considerar a Stendhal «un espíritu impertinente, guasón, incluso repulsivo», se acerca a la verdad más que muchos otros al decir que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad». Sin embargo, en la cuidada traducción española de la editorial Gallimard, se observa: «Baudelaire cita libremente las palabras de Stendhal en su Historia de la pintura en Italia, donde el autor dice: La belleza es la expresión de una cierta manera habitual de buscar la felicidad; las pasiones son la manera accidental».


Danto sostiene que la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, «es un valor», tiene ese estatus. Pero lo cierto es que la felicidad prometida por momentos se desvanece, como una ilusión.


Hace seis años, en el libro recientemente reeditado por la editorial Prometeo, «Lo contrario de la infelicidad. Promesas estéticas y mutaciones políticas en el arte actual», el teórico argentino José Fernández Vega, se preguntaba si dicha promesa de felicidad no se habría revelado excesiva para nuestro tiempo. El texto plantea interrogantes imprescindibles acerca del futuro el arte, como la resistencia que ofrece a que lo inserten en el mundo de los productos, a que lo rebajen y lo pongan al servicio del entretenimiento y a que lo consideren como un mero consuelo existencial o un refugio de valor financiero.


A modo de respuesta a ésta y otras preguntas Fernández Vega, dice: «En la época del fin de todas las cosas, el arte podría intentar, al menos, convertirse en lo contrario de la infelicidad». Luego cita al escritor W.G. Sebald, quien entiende que «la explicación de nuestra infelicidad personal y colectiva ofrece la experiencia de que, aunque sea a duras penas, puede lograrse todavía lo contrario de la infelicidad».


El libro se abre luego como un abanico, se despliega con un profundo análisis sobre la autonomía del arte, o sobre la muerte anunciada por Hegel. Fernández Vega discute la posición de Danto que auguró el fin del arte, aclara que Hegel propiciaba la «contemplación reflexiva», que «jamás entregó un certificado de defunción literal», y niega que la supervivencia del arte esté condicionada a «convertirse él mismo en filosofía».


«¿Vale la belleza por sí misma?», cuestiona Fernández Vega y recurre entonces a Kant, quien alegó que era «una forma que se justificaba en el goce subjetivo», un goce que el filósofo llamaba «desinteresado», ya que no estaba condicionado por lecciones moralizantes, ni contenidos cognitivos, ni por ventajas materiales o la utilidad.


El texto del argentino recorre el pensamiento de Adorno, sus consideraciones sobre el placer y la política, y lo cita cuando sostiene que un arte bello sería aquel que «no se rinde de manera servil ante un público adiestrado por la industria cultural».


La relación siempre «circunstancial» del arte actual con la belleza culmina con la argumentación acerca de «lo sublime para reemplazar a lo bello». Sublime es acaso la única palabra que permite hablar de arte de un modo que no es meramente descriptivo, es aquello que «excede toda medida de los sentidos».


Consigna: encontrar la belleza que nace 



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Ana Martínez Quijano



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