MUCHOS DÍAS FELICES


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Jina Kusikawsay

Cuán cercano es para mí el placer del dolor. Morder y lacerar los labios de los que proclaman amarme. Tenerlos a mi disposición, buscarlos, recibir sus caricias cuando despierto del letargo, que heredé de la melancolía del primer amor.


A diferencia de Carmilla, Salomé o Erzébet Báthory, mis brazos solo acogieron una belleza mundana, la que se respira en los cuerpos de intelectuales; aquellos cuyos cuerpos no importan tanto como sus palabras.


Sí. Su sapiencia, su certeza, su diferencia me llevaba a comerlos con los ojos, no soportaría que se callaran. Luego al calor de los vinos nos poseeríamos efímeramente. Es inevitable cuando la libido tiene las riendas sueltas; mujeres y hombres que se manifiestan sin prejuicios. Todos se convierten en instrumento del otro, generándose relaciones que arrastran y permiten rozar la locura.


Fueron estocadas directas, sin premeditación y sanguinolentas, como consecuencia del desasosiego. Tales aventuras me ruborizaron y en su clímax me envolvieron en lágrimas. Deseaba evitarlas y al propio tiempo me dejaba dominar.


¿Por qué es tan necesario atosigar y apropiarse del otro, del objeto deseado? ¿Por qué caemos en las trampas del instinto desenfrenado que recubre nuestra naturaleza egoísta? ¿Dónde quedó la voluntad y la mirada romántica?


 Me torné al silencio y la insensibilidad, no tenía conciencia de la magnitud de sensaciones latentes que quedaron en los otros, me cerraba a cualquier intento de llevar una pacífica unión. Defendía la no represión, y aún titubeo sobre lo moral e inmoral, lo permisible, la mesura. ¿Escrúpulos? ¿Dignidad?


Uno se encariña solo por impulso o es que se confía en que el objeto deseado está predestinado.


Fuese lo que fuese se lo aprueba. Salomé se conformó con retener la cabeza del profeta Juan; Carmilla dosificaba y cultivaba su crueldad con Laura; Erzébet se alineó por lo elemental y sádico; y yo admitía confiadamente y sin diferenciar a aquellos que desconocía, a aquellos que se revestían de carencia.


¿Alguna vez me enamoré? Ilusión tras ilusión para revivir el mito de un único amor, ese de la ficticia felicidad en pareja con crías, un proyecto de vida. Ese amor impune que anhelan mujeres y hombres prontos a la cuarentena de sus días. Respuesta: concupiscencia, luego aceptación y finalmente reflejo puro.





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