MUCHOS DÍAS FELICES


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Ana Cerri

Royal Enfield


 


Escuchaba con mucha frecuencia hablar del Alemancito loco y, por consiguiente, de sus locuras. Ciertamente, para mí no eran más que juegos de un chico que se. Los mayores no entienden muchas cosas y lo que no entienden lo consideran “peligroso” o una locura. El Alemancito, por ejemplo, se subía al molino los días de viento y se las arreglaba para abrazar una de las aspas y girar hasta cansarse. La madre, contaban, se volvía loca y quedaba en cama con jaqueca por dos días. El padre lo amenazaba desde abajo con una escopeta, se supone que descargada, diciéndole:


−Te voy a bajar a tiros si no venís ya mismo. Vas a matar a tu madre de un disgusto!


Debe haber sido maravilloso ver la mayor parte del campo y las casas del pueblo desde la altura y dando vueltas. Maravilloso, ninguna locura.


Una tarde, algo profanó la sagrada hora de la siesta. Un estruendo que levantaba polvareda y que se depositó, en medio de una nube marrón y fina, en el patio de mi casa. El sol se filtraba impertinente entre los árboles y el polvillo que iba dejando ver de a poco la figura estruendosa parecía, por decirlo de alguna manera, resabio de una bandada de ángeles que había pasado dejando su huella de luz flotante y diminuta.


Mi papá, que estaba en ropa de trabajo, se paró en medio del patio con las piernas semiabiertas, como se paran los varones cuando algo les gusta mucho y las manos cruzadas fuerte y nerviosamente sobre el pecho.


Solo las descruzó para darle un abrazo al fantasma cargado de polvo del camino, pero que nada tenía que ver con los ángeles y que descendió de la máquina extravagante. Calzaba una gorra de cuero con correa que la ajustaba al mentón y unos anteojos como los que yo había visto usar a papá cuando soldaba.


En el abrazo se sacudió una nueva nube que no aplacó la blancura de los dientes que mostró el forastero en su sonrisa.


−¡Ernestito!− dijo papá palmeándolo más fuerte −¡muchacho, tanto tiempo!


El “muchacho tanto tiempo” desmontó, se subió las gafas y mostró sus grandes ojos celestes centellantes. Se sacó los guantes, la campera de un cuero semejante al de la gorra y aceptó el vaso de granadina que le alcanzaba mamá.


Solamente había sonreído. Ni una palabra. Vació de una sola vez el vaso y reparó en mí.


−¡¡Hey, tu hija Juan?! ¡Mirá cómo creció! Ya puede hacer viajes en aspas de molino. Yo le voy a enseñar.


Rieron los dos, porque mamá no. Ellos, los varones rieron.


 “El alemancito loco”, pensé. Me desilusionó ver que no era un chico de mi edad. Pero más me desilusionó lo que siguió.


Haciendo una inclinación como de reverencia ante una figura principesca, el Alemancito le dijo a papá:


−Aquí la tenés Juan, es una Royal Enfield 1949…


Mi papá, con una cara de estúpido como no volví a verle jamás, daba vueltas en torno al aparato (ahora tenía las manos en los bolsillos), como éste hombre, cuando niño, había dado vueltas en las aspas del molino.


 “El alemancito”, golpeando con los guantes el costado de sus pantalones metidos dentro de unas botas, seguía enumerando:         


−Todo cromado y negro. Aleta de tiburón en el guardabarros delantero, pedalines, velocímetro Smith…los resortes cromados también…


Papá, sin cambiar la expresión del rostro, sacó una mano del bolsillo, y como si presenciara una irrealidad, pasó el índice por el tanque: cromado más brillante en la huella dejada por el dedo.


Mudo. Estaba mudo y como para sacudirlo, el Alemancito me tomó de pronto por la cintura, como si fuera una bolsa de papas y dio unas vueltas riéndose, conmigo debajo de su brazo mientras le decía:


−¡Vamos, hombre, es tuya. A probarla!


Yo seguía apresada entre su brazo y el resto de su cuerpo cuando saliendo del embelezo, mi papá subió al aparato, dio una patada que yo creí en el aire y el estruendo comenzó a llenarlo todo de nuevo. Giró conmigo el Alemancito mientras la moto (ahora sé que era una moto), llevándose a mi papá daba una vuelta lenta por el patio amplio, rodeaba con una inclinación artística el pozo y acelerando, empezaba a desaparecer por el portón grande de alambre.


Me solté. No sé cómo. Me solté y corrí con mis seis añitos detrás de la figura que se perdía en una nube de polvo que me ahogaba tanto como la desesperación. Corrí hasta no ver nada. Hasta no verlo más. Hasta creer que no lo vería más. Que no volvería nunca. Que se perdería para siempre en ese remolino dantesco de rugido y tierra sacudida. Las lágrimas dejaron surcos en mis mejillas y en mi vestidito cuadrillé. Mojé la pechera con llanto de hija única abandonada para siempre por el dios padre, escapado en un caballo motorizado de 500cc. Odié al Alemancito más que loco, perverso; ladrón de padre y apreté tanto mis deditos de impotencia que llegué a no sentir las manos. No sentí nada más parada ahí, en medio del camino por el que él se había ido. Horizonte sin padre es lo mismo que falta absoluta de horizonte.


El tiempo con desesperación no se mide, no se puede medir; fue así como, cuando algo me tomó nuevamente de la cintura, un brazo fuerte, una mano conocida, y me sentó en el tanque cromado de la Royal Enfield, y abrazándome con su pecho pegado a mi espalda, me dijo:


−No te sueltes que volamos…


Yo sentí que me crecían alas y que las alas de él, de mi papá, me envolvían y a la vez, me dejaban sentir como endíamos el aire. La velocidad en el pelo, en los ojos semicerrados, en las mariposas que nos abrían paso, en el rugido que ahora me parecía una canción, en el mentón de él apoyado en mi cabeza como prometiéndome que jamás se iría, en mis manitos tomadas, hacia atrás, de su cinturón seguro.


Sin poder ponerle palabras supe, como uno suele saber a los seis años, que eso y solamente eso, era la felicidad: un momento que se eterniza en el corazón para siempre. Un poco de eternidad ahí, en la Royal Enfield que se devoraba el viento, el camino, la vida entera…


 


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