MUCHOS DÍAS FELICES

Stellium


Tal vez me quedó el silencio


por la plegaria de Ganesha
en la voz de mi padre en la oscuridad
de la noche en la cueva de
la infancia.
¿Es primero el terror?
¿La filosofía es primero?


Cuando era chico, la felicidad 
venía de noche en cuatro tumbos,
un elefante atravesaba el sueño
para devolverme a mi principado.
Gris milicia quitapenas
por el hermano no aparecido, por el hermano
triste el hermano en guerra.


Después,
las lecciones del amor helado:
ser un pez feliz en el desván
echar la red al caspio de los ojos
un señuelo para ser inolvidable y
atrapar
nada
cardumen de pura fantasía
distancia


(mucho antes de entender
prometí  voluntarioso
que abrazaría a los hombres
para preservar la transmisión
y alejar así el miedo de mi padre).


Más tarde una noche,
en plena posesión desvanecida,
me alejé de los amigos
unos metros a celebrar satisfacción:
me sorprendía no necesitar nada.


Caminé unos pasos y me eché
en el patio sobre las baldosas,
la soberanía nocturna legaba
su ruina intacta en el centro de mí:
¿era el don corrugado de mi gris
compañero de infancia
lo que pervivía y llamaba
a las estrellas a este plexo?
Fui feliz así como era.


La posesión desvanecida,
explico ahora,
era el futuro de tu mirada que se iba.
Luego de tan solo instante,
de ese fabuloso stellium en mi pecho,
en que te diste vuelta frente a todos
alzaste una gardenia del vaso en el centro de la mesa
pusiste toda tu dirección en mi sentido
y me nombraste,
un trámite refinado
del que pareciste no enterarte
ni en los años.


En esa velada,
mientras se abrían las letras
de mi nombre que lanzaste,
la flor recorrió mil millas frente a
la mirada de todos frente a todo
mi turbión de desaliento
y el jazmín se hundió en mi tallo
con las velas desplegadas
en su maratón de perfume y sexo aéreo
como si tu mano y vos
hubiesen encallado
para siempre.



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Julián López



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