MUCHOS DÍAS FELICES

Dolor. Desatención. ¿Es que nadie me cree?. Ella no me cree. Calor. Qué mala mujer, qué mala profesional. Pero qué me importa. Yo y mi dolor, mi dolor y yo, cara a cara. El más fuerte de todos. Gritos, la cama que se rompe y enseguida la explosión interna, como un pequeño globo que estalla dentro de mi vientre. Gritos y más gritos. Él que corre. Gente en camino. Todo se precipita. Lágrimas que se secan del susto con mis aullidos – quiero guardar alguna pero se me escapan, saltan y no me puedo mover –. ¿Soy una mujer, una bestia, una loba?. Mi hija mayor con mirada confundida me despide moviendo su manito. En un auto siento que se me cae, que es inminente, que se me cae, que se sale, que no aguanta, que no aguanto, que se me cae en ese auto en movimiento. Ay, qué dolor. Nunca podemos planear nada pero insistimos, lo hacemos y hasta nos creemos calculadores. Ya no puedo caminar, mi respiración se entrecorta, tengo miedo de que se me caiga el bebé, tengo miedo de desmayarme, tengo miedo de morirme. Nunca tuve tanto miedo de morirme. Miedo real. Escucho voces, un médico inexperto con ojos nerviosos mira hacia todos lados y me insiste para que me suba a una camilla. No puedo. Lloro como puedo y pido por mi mamá. Él no sabe qué hacer. No tolero que me toquen, me duele todo, hasta el vestido. Huele a alcohol. Me llevan en camilla, las luces son enormes y amarillas. Lloro y reclamo que nadie me quiere ni me cuida. Tal vez piensan que debo pasar por eso. Me elevo y aparece esa mujer que durante 24 horas no me creyó ni una contracción, ni un dolor. La insulto desde mi bestia. Me insulto por confiar. Sigo gritando. El desmayo es inminente. Se me está por salir un bebé del cuerpo. A mi alrededor hay gente que pregunta quién soy, cómo se va a llamar el que viene en camino. No les contesto, estoy loca. Él aparece vestido con un ambo celeste que le queda chico, y su boca está cubierta por un barbijo. Lloro más que nunca, le doy la mano, me ponen anestesia, me pinchan la espalda, llega el médico. El dolor comienza a mermar. Mi mamá decía “mermar”. Lloro por ella y sus palabras y los abrazos que no nos podemos dar. Pero estoy contenta, y loca. Otra vez el miedo, quiero llorar y llorar, y ver ya a mi bebé. Ya no puedo más, ya no aguanto. Se me sale, digo, o pienso, ya no entiendo mucho lo que pasa. El médico acaricia mi cabeza y antes de ubicarse entre mis piernas como un arquero, enciende un equipo de música. Qué suerte que la locura sea tan amplia y generosa. Él metido en su ambo pequeño me alienta, me dice mi amor, me quiere. Ahora que me duele menos no me parecen todos tan malos. Siento que la voz de él es la que empuja mi fuerza, mi deseo, mi amor, mi esperanza, mi hija. Tres pujos y ella sale, está afuera, es enorme, enorme, enorme, y morada, y hermosa, y mía. La amo, la amo, la amo. Estamos solas, ella y yo, solas, ya no hay dolor, ni gente, solo amor, ella y yo. La amo. Él me besa y es el mismo beso que me dio aquella primera vez, cuando tuvimos a nuestra primera hija. ¿Dos hijas?, ¿dos personas?. Me la dan, la miro, la huelo, ella llora y olfatea. Él la abraza y se la lleva. Es bellísima, enorme, completa. Se llama Ángela. Agradezco, lloro, cierro los ojos, pienso en mi beba, en mí, en mi mamá. Escucho el final de la canción y unos aplausos. Me río.



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Macarena Moraña



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