MUCHOS DÍAS FELICES

Jápines

Nos quedamos hasta más tarde para ver el acuario.
Cuando hay mucha gente los peces se esconden.
Ahora somos dos y ellos salen de entre las plantas:
miran cómo los miramos,
se arrebujan,
se contonean en torno del playmovil con escafandra,
mueven las colas como foxterrieres.
Yo tengo una gargantilla con púas.
Vos unos anteojos de cantante ciego.
Esas cosas deben darle miedo a los peces,
porque sus ojos se vuelven más redondos
y sus boquitas parecen soltar órdigas y repámpanos.
A veces, entre mirada y mirada
-cuando vos me das tus ojos y yo los míos-,
notamos que quisiéramos ser como los peces:
tener la cara así, achatada de apoyarse contra los cristales,
y en la panza un sinfín de colores alineados, todos en degradé.
Nosotros tenemos estas manos que a ellos les faltan:
a menudo las usamos para tocarnos.
Eso es algo que nos conforma.

Nos quedamos hasta más tarde, entre las barreduras,
orando en un lenguaje de agallas y opérculos,
tu mano al trasluz de la pecera,
mi mano sobre el agua, acariciándola.
Absortos ya los dos en el confín del tacto,
los peces suben a besarnos.

(No sabemos si somos el trasluz,
el agua, los peces, o mismamente la caricia.
Si somos esperanto o volapuk del amor.
Si somos de alguna jeringoza el badajo.)

Y los peces suben a besarnos.
Rendido,
tu sueño es un panorama de enmalles y espineles.
Así te guardo en el cuenco de los ojos:
embobado
miniatura
huerfanito de convento
combadas las líneas de tu cara.
Así te guardo, príncipe color de carne,
heredero de nadie,
sucesor de nada,
en cápsula de besos escamados,
te guardo.

Y los peces suben en una espiral de burbujas.
Seltz de pecera.
Soy un reflejo escarchado en el vidrio.
Me llamás esturión o lamprea,
dorado o rana pescadora.
A veces me llamás con un chapoteo corto:
yo acudo de Báltico o de China,
estampillado vengo, pez volador,
rodaballo, velamen, sardineta.
A cuantos fueran mis nombres,
acudo.

Nos quedamos hasta más tarde para ver el acuario.
Ahora somos dos,
y el silencio es el último surco de un tocadiscos muerto.
Los peces salen de entre las plantas. Se arrebujan.
Tu idioma es la contradicción entre el cuerpo y la palabra.
Mudo y sin mentís te removés en brincos y croles.
El mundo es tu pecera.
Dejé mi corazón en el desove.

No te dije que la felicidad era esto:
cargar el dolor en la complicidad de las simetrías.



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Diego Manso



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