MUCHOS DÍAS FELICES


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Carolina Castro Zamorano

La compré para que llenara de color y vida el hogar que mi novio y yo compartimos. Cuando la encontré, tenía unas hermosas y grandes hojas púrpuras que parecían querer inundar todo el espacio con su color. Y lo hizo, durante todo un caluroso verano, como suelen ser los de Santiago de Chile.


A todas nuestras plantas las bautizamos pero a esta nunca le pusimos nombre.Simplemente era “la planta de hojas púrpuras”. Y así llegó al invierno, con su medio anonimato. Y de repente fue perdiendo el color de sus hojas, hasta perderlas a ellas y quedar completamente desnuda. Yo la regaba y me preguntaba ¿qué pasó con esta planta? Y sólo tenía como respuesta un palo largo, un palo seco, un palo parado. Y así la llamamos yo y mi novio: “Palo parado”.


Un día me enojé y agarré a Palo parado y le dije “Si tú no tienes hojas no sirves. Te voy a botar”. Mi novio, extrañado, me miró diciéndome: “Déjala crecer, déjala en su proceso. Dale amor”.


Palo parado siguió en su lugar, tal cual, viviendo las estaciones del año en silencio. Hasta que un día de primavera, mientras regaba las plantas, me di cuenta que algo estaba creciendo en su macetero. Me acerqué, miré atentamente y vi algo que llenó de alegría mi corazón: un brotecito verde aparecía en la tierra, al lado de Palo parado, con un color que para mi simbolizaba fuerza e ímpetu.


Le sonreí, le hablé, le conté a mi novio y celebramos con un baile la manifestación de vida de Palo Parado.


Nunca había conocido a una planta tan terca. Y es esta planta la que me hace feliz todos los días, mostrándome, silenciosamente, un ejemplo de vida.





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