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Juan Josť Cambre

La Rioja, 1971
 
El día que cumplí 23 años, mis amigos de la comunidad de trabajo en que vivíamos en La Rioja decidieron hacer una excursión al Agua; era lejos, teníamos que salir a las 6 de la mañana.
Salimos con la mula, algo de pan y queso, no recuerdo qué más, y enfilamos por una cañada enorme que mostraba la dimensión que había tenido un río del que sólo apareció, al rato de caminar, un hilo de agua en el centro de esta cañada de como 20 metros de ancho y a veces otro tanto de altura. . .
Después de tres horas de caminata, vimos en el borde el acantilado del cañadón, como a 15 metros de altura, una parra y un rancho. . . subimos. Nos recibió muy amablemente una señora de unos 40 años rodeada de sus hijitos. Nos quedamos un rato a la sombra, nos ofreció uvas. Era la mujer del policía del Potrero y dijo que teníamos dos horas más de caminata para llegar al Agua, que sus padres vivían allí, que les mandáramos saludos… hacía mucho que no se veían… a su papá la mula le había pateado el sentido y no estaba muy en sus cabales.
Seguimos viaje. El hilo de agua iba creciendo paulatinamente y el cañón terroso se iba angostando, zigzagueando y subiendo de nivel . . ya no teníamos esos acantilados enormes a los costados. De pronto, después de una curva muy pronunciada, se presentó ante nosotros una avenida de higueras altas y esbeltas a los dos lados del arroyo. La avenida remataba en una poza de agua como una pileta de unos seis metros de diámetro bajo una cascada que parecía un puente.
Comimos, nos desnudamos y nos metimos en el agua. De las higueras caían higos pequeños y maduros sobre el agua: nuestro postre. Por la parte alta de la cascada pasó un viejo que nos sonrió y nos hizo gestos muy expresivos señalando el lugar hacia donde iba. Después de secarnos al sol y vestirnos ya preparados para regresar fuimos hacia ahí.
Nos recibió una señora no muy vieja y nos llevó al lado del corral de las cabras adonde su marido con un palo escribía números en el suelo y con eso nos explicaba todo sobre sus cabras y ovejas. La mujer nos trajo fruta y nos habló de su hija, agradecida por nuestro mensaje.
Retomamos el camino a casa muy contentos, con el único inconveniente de una gran nube de jejenes que por suerte la brisa dispersó en unos minutos.
Ese día feliz quedó asociado para siempre con ese momento en que al joven héroe de tantos cuentos le preparan un morral con queso, aceitunas y pan, cuando se va al mundo a buscar fortuna.